Hoy recibí un mensaje que tocó
profundamente mi corazón. Lo sentí como un regalo para la expansión de mi alma,
y deseo compartirlo contigo por si, en este momento de tu vida, también estás
atravesando una etapa de dudas, miedo o resistencia.
Hay días en los que sentimos que algo
dentro de nosotros se resiste. Queremos avanzar, tomar una decisión importante,
iniciar un proyecto, sanar una relación o responder al llamado de nuestro
corazón. Sin embargo, aparece un miedo tan intenso que parece detenerlo todo.
Durante mucho tiempo pensé que esa
resistencia significaba que debía detenerme. Creía que, si sentía tanto miedo,
era porque estaba tomando el camino equivocado.
Con el tiempo comprendí que, en
ocasiones, la resistencia no es una señal para retroceder. Puede ser el umbral
que precede a una profunda transformación.
Desde mi experiencia espiritual, la
resistencia puede sentirse como un miedo que no refleja quién eres en tu
esencia más profunda. A veces nace de antiguas heridas, creencias limitantes o
mecanismos de protección que han permanecido con nosotros durante años.
No significa que ese miedo no exista.
Significa que quizá no define nuestra verdadera identidad.
Imagina a un niño que aprendió desde
muy pequeño que expresar sus emociones era peligroso porque lo criticaban o lo
ignoraban. Cuando llega a la edad adulta y desea hablar con honestidad, su
cuerpo entra en alerta. Aunque ya no esté viviendo aquella situación, su
sistema de protección continúa actuando como si el peligro siguiera presente.
Algo parecido ocurre cuando queremos
transformar nuestra vida.
Queremos emprender un nuevo camino,
cambiar de trabajo, comenzar un proyecto, perdonar, amar con libertad o
simplemente vivir con mayor autenticidad. Entonces aparece una voz interior que
susurra:
”¿Y si fracasas?”
”¿Y si no eres suficiente?”
”¿Y si todo sale mal?”
Muchas veces creemos que esa voz está
diciendo la verdad. Sin embargo, también puede ser un antiguo mecanismo de
protección intentando mantenernos en lo conocido.
Y entonces sucede algo que muchos
hemos experimentado.
El corazón comienza a acelerarse.
Las manos tiemblan.
La respiración se vuelve corta.
El pecho se siente apretado.
El cuerpo entero entra en estado de
alerta.
Por un instante deseas salir
corriendo. Incluso puede aparecer el deseo de desaparecer, porque sientes que
no podrás sostener tantas emociones al mismo tiempo.
Quizá piensas:
“No puedo más.”
Pero justamente allí puede comenzar el
verdadero milagro.
No porque el miedo desaparezca de
inmediato, sino porque aparece el observador.
Ese espacio de conciencia que existe
dentro de ti y que puede contemplar lo que sucede sin confundirse con ello.
Respiras profundamente.
Permites que el aire entre y salga.
Poco a poco recuerdas que el miedo es
una experiencia, pero no es tu identidad.
Y algo empieza a cambiar.
La situación quizá siga siendo la
misma, pero tu forma de verla se transforma.
Donde antes solo veías amenaza, ahora
comienzas a descubrir una oportunidad para crecer.
Donde antes había desesperación,
aparece la compasión.
Donde antes había oscuridad, comienza
a entrar la luz.
Y donde el miedo ocupaba todo el
espacio, el amor encuentra un lugar para manifestarse.
Hay veces en las que surgen las dudas.
Tu cuerpo se paraliza. Quieres salir corriendo. Sientes que nada funciona y que
todo se está derrumbando.
Desde mi experiencia, es precisamente
en esos momentos cuando Dios parece susurrar al corazón:
“Eres más grande que tus miedos. Tengo
algo maravilloso preparado para ti. Solo confía y suelta el control.”
Soltar el control no significa
renunciar a tus sueños ni dejar de actuar.
Significa dejar de creer que todo
depende únicamente de tus fuerzas.
Es permitir que Dios guíe aquello que
tú aún no alcanzas a comprender.
Cada vez que el miedo aparece, puedes
elegir verlo no como un muro, sino como una puerta.
Una puerta hacia una versión más
consciente de ti mismo.
Una puerta hacia una fe más profunda.
Una puerta hacia una vida vivida con
mayor libertad.
He comprendido que esa parálisis no
siempre llega para detenernos.
Muchas veces llega para invitarnos a
despertar.
Para caminar con mayor conciencia.
Para poner los pies firmemente sobre
la Tierra mientras el corazón permanece unido al Cielo.
Estamos aquí para disfrutar este viaje
interior y honrar el regalo de vivir esta experiencia humana.
No vinimos únicamente a cumplir
responsabilidades.
También vinimos a aprender, amar,
servir, crear, sanar y recordar quiénes somos realmente.
Quizá el mayor milagro no sea que
desaparezcan todos nuestros problemas.
Tal vez el verdadero milagro ocurra
cuando dejamos de vivir gobernados por el miedo y comenzamos a caminar
sostenidos por la confianza.
Porque la verdadera fortaleza no
consiste en no sentir miedo.
Consiste en seguir avanzando aun
cuando el corazón late con fuerza.
Consiste en respirar una vez más.
En dar un paso más.
En confiar una vez más.
Hoy quiero recordarte algo que también
necesito recordarme a mí misma: No estás caminando solo.
Aun cuando no puedas ver el siguiente
paso, Dios sigue sosteniéndote.
Quizá nunca te ha soltado. Y tal vez
ese sea el regalo más hermoso de este camino: descubrir que la fuerza que tanto
buscabas siempre estuvo dentro de ti, porque la presencia de Dios siempre ha
habitado en tu interior.
Si hoy sientes resistencia, no te
apresures a pensar que estás en el camino equivocado.
Tal vez estás justo frente a la puerta
de la transformación que tu alma ha estado esperando.
Respira.
Confía.
Suelta el control.
Y da el siguiente paso.
Dios caminará contigo.
Por Urania Morales Franky
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