12 septiembre 2026

GRATITUD A LA MAGNA PRESENCIA “YO SOY”

 


 Hay una gratitud que nace cuando recibimos algo que deseábamos. Pero existe una gratitud mucho más profunda: aquella que nace cuando reconocemos la Divinidad que habita dentro de nosotros. Es agradecer no solamente por lo que tenemos, sino por la presencia que nos da vida.

 Es volver nuestra atención hacia la Magna Presencia “YO SOY” y reconocer que Dios no está lejos de nosotros. La presencia divina está aquí, dentro de nosotros, sosteniendo nuestra vida, iluminando nuestro camino y ofreciéndonos constantemente todo lo bueno, perfecto y armonioso que estamos preparados para recibir.

 Cuando comenzamos a vivir desde esta conciencia, la gratitud deja de ser solamente una palabra.

 Se convierte en una forma de vivir. Gracias, Magna Presencia “YO SOY” Hoy quiero detenerme y agradecer. No solamente por mi familia, por mi hogar, por el alimento, por las oportunidades o por las experiencias que la vida me ofrece.

 Quiero agradecer por algo mucho más grande:

 Gracias por la presencia de Dios que vive en mí.

 Gracias, Magna Presencia “YO SOY”, porque tu vida fluye a través de mí.

 Gracias por cada respiración.

 Gracias por cada oportunidad de aprender.

 Gracias por cada experiencia que me ayuda a despertar.

 Gracias por la sabiduría que puedo descubrir dentro de mí.

 Gracias por el amor que puedo entregar y recibir.

 Gracias por todo aquello que ya puedo reconocer y también por todo aquello bueno que viene hacia mí desde tu presencia.

 Cuando agradezco de esta manera, comienzo a mirar mi vida con otros ojos.

 Ya no veo solamente lo que falta.

 Comienzo a reconocer lo que ya está.

 Cuando reconocemos a Dios por completo

 Existe una enseñanza profunda: cuando el individuo acepta, reconoce y siente a Dios por completo, encuentra dentro de sí una fuente de felicidad y plenitud que no depende únicamente de las circunstancias externas.

 Es como regresar a la casa del Padre:

 La “mansión del Padre” puede ser comprendida también como ese estado de conciencia en el que dejamos de sentirnos separados de Dios y reconocemos que la fuente de todo bien está presente en nosotros.

 No significa que nunca tendremos desafíos.

 Significa que comenzamos a enfrentarlos desde un lugar diferente.

 Ya no desde la desesperación.

 Ya no desde la sensación de estar solos.

 Ya no desde la creencia de que todo depende únicamente de nuestras fuerzas humanas.

 Comenzamos a decir:

 “Dios está aquí. La Magna Presencia “YO SOY” está en mí. Puedo confiar.”

 Y algo comienza a cambiar. Las cadenas que nosotros mismos hemos creado muchas veces creemos que nuestras limitaciones vienen solamente de las circunstancias.

 Pero algunas de ellas han sido construidas lentamente por nuestros propios pensamientos, palabras, emociones y creencias.

 Cuando durante años decimos:

 “no puedo”,

 “no soy suficiente”,

 “nunca voy a cambiar”,

 “no tengo suerte”,

 “todo me sale mal”,

 podemos terminar viviendo dentro de las mismas ideas que repetimos.

 Son cadenas invisibles.

 Pero si fueron creadas por nuestra conciencia, también podemos comenzar a liberarnos de ellas mediante una nueva conciencia.

 Aquí aparece nuevamente el poder del “YO SOY”.

 Cuando digo:

 “YO SOY capaz.

YO SOY luz.

YO SOY amor.

YO SOY vida.

YO SOY abundancia.

YO SOY la presencia divina actuando en mí.”

 No estoy intentando convencer a mi ego de que soy superior a nadie.

 Estoy recordando que mi verdadera identidad no tiene que estar definida por mis miedos, mis errores ni por las circunstancias del pasado.

 Estoy aprendiendo a reconocer la presencia divina que vive en mí.

 La gratitud abre nuestra conciencia

 Agradecer cambia aquello hacia lo que dirigimos nuestra atención.

 Si constantemente observamos lo que falta, nuestra conciencia permanece enfocada en la carencia.

 Pero cuando comenzamos a reconocer lo que sí existe, nuestra mirada se transforma.

 Podemos agradecer por algo tan sencillo como despertar esta mañana.

 Por nuestros hijos.

 Por nuestra pareja.

 Por una conversación.

 Por una oportunidad.

 Por una enseñanza.

 Por el alimento.

 Por nuestro cuerpo.

 Por la posibilidad de comenzar nuevamente.

 Y también podemos agradecer por aquello que todavía no vemos completamente.

 “Gracias por todo lo bueno que viene de la Magna Presencia “YO SOY”.”

 Esta no es una gratitud basada en exigirle a Dios que las cosas sucedan exactamente como nosotros queremos.

 Es una gratitud basada en la confianza.

 Es decir:

 “Confío en la sabiduría divina.

Confío en la vida.

Confío en que aquello que llega puede enseñarme, expandirme y acercarme más a la conciencia de quien realmente soy.”

 No siempre necesitamos saber cómo

 Una de las grandes lecciones de la vida consciente es aprender a soltar la necesidad de controlar cada detalle.

 Queremos saber cuándo.

 Cómo.

 Dónde.

 De qué manera.

 Queremos tener todas las respuestas antes de confiar.

 Pero la fe nos invita a caminar incluso cuando todavía no podemos ver todo el camino.

 No siempre necesitamos saber cómo sucederá.

A veces necesitamos confiar.

 Confiar no significa quedarnos inmóviles.

 Significa actuar desde la conciencia, hacer nuestra parte y permitir que la vida también haga la suya.

 Cuando damos un paso desde el amor, desde la responsabilidad y desde la confianza en la Magna Presencia “YO SOY”, dejamos de vivir únicamente desde el miedo.

 Gratitud por lo que viene

 También puedo agradecer por lo que todavía está naciendo.

 Puedo decir:

 Gracias por las nuevas oportunidades.

Gracias por las puertas que se abren.

Gracias por las personas que llegan a mi vida para enseñarme y compartir.

Gracias por la abundancia que se manifiesta de formas perfectas.

Gracias por la sabiduría que estoy recibiendo.

Gracias por aquello que todavía no puedo ver, pero que ya está siendo preparado en mi camino.

 Y mientras agradezco, permanezco presente.

 No necesito obsesionarme con el resultado.

 No necesito perseguir.

 No necesito forzar.

 Simplemente hago mi parte y permito que la vida se exprese.

 Amar y adorar la Magna Presencia “YO SOY”

 Nada puede ser más importante que aprender a reconocer, amar y honrar esa Magna Presencia “YO SOY” dentro de nosotros.

 Porque cuando comenzamos a amar verdaderamente esa presencia, también comenzamos a tratarnos de otra manera.

 Dejamos de hablarnos con tanta dureza.

 Dejamos de despreciar nuestro proceso.

 Dejamos de pensar que nuestros errores nos convierten en personas indignas.

 Comenzamos a comprender que estamos aprendiendo.

 Que estamos creciendo.

 Que estamos despertando.

 Y desde esa conciencia podemos mirar también a los demás con mayor amor.

 Porque cuando reconoces la presencia divina en ti, puedes comenzar a reconocerla también en los demás.

 Si te reconoces como luz, comienza a vivir como luz.  Reconocer la Magna Presencia “YO SOY” no significa solamente repetir palabras bonitas.

 Significa llevar esa conciencia a nuestra vida:

 ¿Cómo trato a mi familia?

 ¿Cómo hablo cuando estoy molesto?

 ¿Cómo reacciono cuando alguien me contradice?

 ¿Qué pensamientos alimento cuando estoy solo?

 ¿Qué palabras utilizo para describirme?

 ¿Qué hago cuando tengo miedo?

 Ahí comienza la verdadera práctica.  Porque la espiritualidad no está solamente en leer.

 Está en vivir lo que hemos comprendido.  Cada día tenemos pequeñas oportunidades para elegir nuevamente.

 Podemos elegir el amor en lugar del resentimiento.

 La confianza en lugar del miedo.

 La gratitud en lugar de la queja.

 La conciencia en lugar del automático.

 La luz en lugar de alimentar aquello que nos oscurece.

 Una pregunta para el corazón:  Hoy pregúntate:

¿Qué pasaría si dejara de buscar afuera la presencia divina que ya habita dentro de mí?

 ¿Qué cambiaría en mi manera de hablar?

 ¿Qué cambiaría en mis decisiones?

 ¿Qué cambiaría en la forma en que veo mis dificultades?

 ¿Qué cambiaría en la manera en que me miro a mí mismo?

 Tal vez el verdadero despertar no consiste en convertirnos en alguien diferente.

 Tal vez consiste en recordar quiénes somos realmente.

 Mi declaración de gratitud

 Gracias, Magna Presencia “YO SOY”, por habitar en mí.

 Gracias por tu vida, tu amor, tu luz, tu sabiduría y tu perfección.

 Gracias por todo lo bueno que ya se manifiesta y por todo lo bueno que viene de ti.

 Acepto, reconozco y siento la presencia de Dios en mí.

 Suelto las cadenas de mis propias creaciones limitadoras.

 Dejo ir los pensamientos que me mantienen pequeño y permito que una nueva conciencia se manifieste en mi vida.

 YO SOY luz.

 YO SOY amor.

 YO SOY vida.

 YO SOY la presencia divina actuando en mí.

 YO SOY y sirvo eternamente a la luz.

 Hoy te invito a llevar esta gratitud más allá de las palabras y a dejar que se convierta en una presencia viva, palpitante y luminosa dentro de ti.

 Al despertar, recibe el nuevo día con reverencia, como quien abre las puertas de un templo sagrado y descubre que la vida vuelve a fluir en su interior. Mientras caminas, agradece cada paso, cada sendero y cada instante que te es concedido. En tus conversaciones, permite que tus palabras caigan como semillas de amor, comprensión y armonía. Ante los desafíos, recuerda la fuerza silenciosa que habita en ti y que puede sostenerte aun cuando el camino parezca incierto.

 Y cuando el miedo intente cubrir tu horizonte con sus sombras, regresa serenamente a tu centro. Respira. Guarda silencio por un instante y pronuncia con fe:

 “Magna Presencia “YO SOY”, te reconozco, te amo y te agradezco por vivir en mí. Gracias por tu sabiduría, tu amor y tu protección. Gracias por todo lo bueno que ya florece en mi vida y por aquello que, aunque mis ojos todavía no puedan contemplarlo, viene hacia mí en perfecto orden y armonía. Suelto y libero las creaciones limitadoras que me hicieron sentir pequeño e incapaz. Acepto la verdad de mi ser y permito que tu guía ilumine cada pensamiento, cada palabra y cada acción.”

Que esta declaración no sea únicamente un sonido que nace de los labios, sino una elección profunda del corazón. Que se convierta en una manera de mirar, de sentir y de caminar. Vivir con mayor conciencia. Hablar desde el amor. Actuar con responsabilidad. Reconocer la divinidad que respira en ti y que también resplandece, de manera misteriosa y sagrada, en cada ser.

Cada vez que regreses al “YO SOY”, volverás a tu verdadero centro: ese santuario interior donde la gratitud se abre como una flor, la confianza se vuelve quietud y la paz revela un sendero nuevo ante tus pasos.

 YO SOY luz.

YO SOY amor.

YO SOY vida.

YO SOY la presencia divina actuando en mí.

YO SOY y sirvo eternamente a la luz.

Que Dios ilumine tus pasos con una claridad serena, fortalezca tu corazón en las horas difíciles y eleve tu conciencia hacia la verdad. Que su guía te acompañe en cada amanecer, te sostenga en cada prueba y te recuerde, en el silencio más profundo de tu ser, que siempre existe un camino de regreso a la paz interior.

 La fuerza que te creó también te sostiene.

 Aun cuando atravieses noches de duda, cansancio o temor, ninguna dificultad podrá extinguir por completo la esperanza que permanece encendida en tu interior. Tal vez algunas veces su llama parezca pequeña, casi invisible, pero seguirá allí, aguardando el instante en que vuelvas a mirarla.

 Respira profundamente.  Agradece.

 Vuelve a tu centro:

Y permite que la voz eterna del “YO SOY” se eleve dentro de ti, más luminosa que cualquier sombra, más firme que cualquier dificultad y más profunda que todo miedo:

 “Yo soy hijo de la luz.

Yo soy sostenido por el amor divino.

Yo soy guiado por la sabiduría de Dios.

 Yo soy gratitud, fe y presencia.

Yo     Yo soy una expresión viva del amor eterno.”

 Ahora camina desde esta verdad.

 Que cada paso sea una oración silenciosa.

 Que    cada palabra sea una bendición ofrecida al mundo.

 Que cada latido te recuerde que Dios obra en ti, a través de ti y alrededor de ti.

Y cuando llegue la hora de cerrar los ojos, descansa con la certeza de que no estás perdido ni solo. Aunque todavía no comprendas el camino, la sabiduría divina puede conducirte por senderos que tu mente aún no alcanza a ver.

Lleva esta conciencia contigo como una llama protegida entre las manos. Permite que transforme tus heridas en sabiduría, tus temores en confianza y tus días en una expresión cada vez más consciente del amor divino.

 Y si alguna vez olvidas quién eres, detente. Respira. Escucha el silencio que vive detrás de tus pensamientos y vuelve a reconocer la verdad que permanece intacta en lo más profundo de tu ser:

 Tú eres luz.

Tú eres amado.

Tú eres guiado y sostenido por Dios.

 La luz de Dios vive en ti y nunca falla.

 

Por: Urania Morales Franky

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