Es volver nuestra atención hacia
la Magna Presencia “YO SOY” y reconocer que Dios no está lejos de nosotros. La
presencia divina está aquí, dentro de nosotros, sosteniendo nuestra vida,
iluminando nuestro camino y ofreciéndonos constantemente todo lo bueno,
perfecto y armonioso que estamos preparados para recibir.
Cuando comenzamos a vivir desde
esta conciencia, la gratitud deja de ser solamente una palabra.
Se convierte en una forma de
vivir. Gracias, Magna Presencia “YO SOY” Hoy quiero detenerme y agradecer. No
solamente por mi familia, por mi hogar, por el alimento, por las oportunidades
o por las experiencias que la vida me ofrece.
Quiero agradecer por algo mucho
más grande:
Gracias por la presencia de Dios
que vive en mí.
Gracias, Magna Presencia “YO
SOY”, porque tu vida fluye a través de mí.
Gracias por cada respiración.
Gracias por cada oportunidad de
aprender.
Gracias por cada experiencia que
me ayuda a despertar.
Gracias por la sabiduría que
puedo descubrir dentro de mí.
Gracias por el amor que puedo
entregar y recibir.
Gracias por todo aquello que ya
puedo reconocer y también por todo aquello bueno que viene hacia mí desde tu
presencia.
Cuando agradezco de esta manera,
comienzo a mirar mi vida con otros ojos.
Ya no veo solamente lo que
falta.
Comienzo a reconocer lo que ya
está.
Cuando reconocemos a Dios por
completo
Existe una enseñanza profunda:
cuando el individuo acepta, reconoce y siente a Dios por completo, encuentra
dentro de sí una fuente de felicidad y plenitud que no depende únicamente de
las circunstancias externas.
Es como regresar a la casa del
Padre:
La “mansión del Padre” puede ser
comprendida también como ese estado de conciencia en el que dejamos de
sentirnos separados de Dios y reconocemos que la fuente de todo bien está
presente en nosotros.
No significa que nunca tendremos
desafíos.
Significa que comenzamos a
enfrentarlos desde un lugar diferente.
Ya no desde la desesperación.
Ya no desde la sensación de
estar solos.
Ya no desde la creencia de que
todo depende únicamente de nuestras fuerzas humanas.
Comenzamos a decir:
“Dios está aquí. La Magna
Presencia “YO SOY” está en mí. Puedo confiar.”
Y algo comienza a cambiar. Las
cadenas que nosotros mismos hemos creado muchas veces creemos que nuestras
limitaciones vienen solamente de las circunstancias.
Pero algunas de ellas han sido
construidas lentamente por nuestros propios pensamientos, palabras, emociones y
creencias.
Cuando durante años decimos:
“no puedo”,
“no soy suficiente”,
“nunca voy a cambiar”,
“no tengo suerte”,
“todo me sale mal”,
podemos terminar viviendo dentro
de las mismas ideas que repetimos.
Son cadenas invisibles.
Pero si fueron creadas por
nuestra conciencia, también podemos comenzar a liberarnos de ellas mediante una
nueva conciencia.
Aquí aparece nuevamente el poder
del “YO SOY”.
Cuando digo:
“YO SOY capaz.
YO SOY luz.
YO SOY amor.
YO SOY vida.
YO SOY abundancia.
YO SOY la presencia divina actuando en
mí.”
No estoy intentando convencer a
mi ego de que soy superior a nadie.
Estoy recordando que mi
verdadera identidad no tiene que estar definida por mis miedos, mis errores ni
por las circunstancias del pasado.
Estoy aprendiendo a reconocer la
presencia divina que vive en mí.
La gratitud abre nuestra
conciencia
Agradecer cambia aquello hacia
lo que dirigimos nuestra atención.
Si constantemente observamos lo
que falta, nuestra conciencia permanece enfocada en la carencia.
Pero cuando comenzamos a
reconocer lo que sí existe, nuestra mirada se transforma.
Podemos agradecer por algo tan
sencillo como despertar esta mañana.
Por nuestros hijos.
Por nuestra pareja.
Por una conversación.
Por una oportunidad.
Por una enseñanza.
Por el alimento.
Por nuestro cuerpo.
Por la posibilidad de comenzar
nuevamente.
Y también podemos agradecer por
aquello que todavía no vemos completamente.
“Gracias por todo lo bueno que
viene de la Magna Presencia “YO SOY”.”
Esta no es una gratitud basada
en exigirle a Dios que las cosas sucedan exactamente como nosotros queremos.
Es una gratitud basada en la
confianza.
Es decir:
“Confío en la sabiduría divina.
Confío en la vida.
Confío en que aquello que llega puede
enseñarme, expandirme y acercarme más a la conciencia de quien realmente soy.”
No siempre necesitamos saber
cómo
Una de las grandes lecciones de
la vida consciente es aprender a soltar la necesidad de controlar cada detalle.
Queremos saber cuándo.
Cómo.
Dónde.
De qué manera.
Queremos tener todas las
respuestas antes de confiar.
Pero la fe nos invita a caminar
incluso cuando todavía no podemos ver todo el camino.
No siempre necesitamos saber
cómo sucederá.
A veces necesitamos confiar.
Confiar no significa quedarnos
inmóviles.
Significa actuar desde la
conciencia, hacer nuestra parte y permitir que la vida también haga la suya.
Cuando damos un paso desde el
amor, desde la responsabilidad y desde la confianza en la Magna Presencia “YO
SOY”, dejamos de vivir únicamente desde el miedo.
Gratitud por lo que viene
También puedo agradecer por lo
que todavía está naciendo.
Puedo decir:
Gracias por las nuevas
oportunidades.
Gracias por las puertas que se abren.
Gracias por las personas que llegan a
mi vida para enseñarme y compartir.
Gracias por la abundancia que se
manifiesta de formas perfectas.
Gracias por la sabiduría que estoy
recibiendo.
Gracias por aquello que todavía no
puedo ver, pero que ya está siendo preparado en mi camino.
Y mientras agradezco, permanezco
presente.
No necesito obsesionarme con el
resultado.
No necesito perseguir.
No necesito forzar.
Simplemente hago mi parte y
permito que la vida se exprese.
Amar y adorar la Magna Presencia
“YO SOY”
Nada puede ser más importante
que aprender a reconocer, amar y honrar esa Magna Presencia “YO SOY” dentro de
nosotros.
Porque cuando comenzamos a amar
verdaderamente esa presencia, también comenzamos a tratarnos de otra manera.
Dejamos de hablarnos con tanta
dureza.
Dejamos de despreciar nuestro
proceso.
Dejamos de pensar que nuestros
errores nos convierten en personas indignas.
Comenzamos a comprender que
estamos aprendiendo.
Que estamos creciendo.
Que estamos despertando.
Y desde esa conciencia podemos
mirar también a los demás con mayor amor.
Porque cuando reconoces la
presencia divina en ti, puedes comenzar a reconocerla también en los demás.
Si te reconoces como luz,
comienza a vivir como luz. Reconocer la Magna Presencia “YO SOY” no
significa solamente repetir palabras bonitas.
Significa llevar esa
conciencia a nuestra vida:
¿Cómo trato a mi familia?
¿Cómo hablo cuando estoy
molesto?
¿Cómo reacciono cuando alguien
me contradice?
¿Qué pensamientos alimento
cuando estoy solo?
¿Qué palabras utilizo para
describirme?
¿Qué hago cuando tengo miedo?
Ahí comienza la verdadera
práctica. Porque la espiritualidad no está solamente en leer.
Está en vivir lo que hemos
comprendido. Cada día tenemos pequeñas oportunidades para elegir
nuevamente.
Podemos elegir el amor en lugar
del resentimiento.
La confianza en lugar del miedo.
La gratitud en lugar de la
queja.
La conciencia en lugar del
automático.
La luz en lugar de alimentar
aquello que nos oscurece.
Una pregunta para el corazón: Hoy pregúntate:
¿Qué pasaría si dejara de buscar
afuera la presencia divina que ya habita dentro de mí?
¿Qué cambiaría en mi manera de
hablar?
¿Qué cambiaría en mis
decisiones?
¿Qué cambiaría en la forma en
que veo mis dificultades?
¿Qué cambiaría en la manera en
que me miro a mí mismo?
Tal vez el verdadero despertar
no consiste en convertirnos en alguien diferente.
Tal vez consiste en recordar
quiénes somos realmente.
Mi declaración de gratitud
Gracias, Magna Presencia “YO
SOY”, por habitar en mí.
Gracias por tu vida, tu amor, tu
luz, tu sabiduría y tu perfección.
Gracias por todo lo bueno que ya
se manifiesta y por todo lo bueno que viene de ti.
Acepto, reconozco y siento la
presencia de Dios en mí.
Suelto las cadenas de mis
propias creaciones limitadoras.
Dejo ir los pensamientos que me
mantienen pequeño y permito que una nueva conciencia se manifieste en mi vida.
YO SOY luz.
YO SOY amor.
YO SOY vida.
YO SOY la presencia divina
actuando en mí.
YO SOY y sirvo eternamente a la
luz.
Hoy te invito a llevar esta
gratitud más allá de las palabras y a dejar que se convierta en una presencia
viva, palpitante y luminosa dentro de ti.
Al despertar, recibe el nuevo
día con reverencia, como quien abre las puertas de un templo sagrado y descubre
que la vida vuelve a fluir en su interior. Mientras caminas, agradece cada
paso, cada sendero y cada instante que te es concedido. En tus conversaciones,
permite que tus palabras caigan como semillas de amor, comprensión y armonía.
Ante los desafíos, recuerda la fuerza silenciosa que habita en ti y que puede
sostenerte aun cuando el camino parezca incierto.
Y cuando el miedo intente cubrir
tu horizonte con sus sombras, regresa serenamente a tu centro. Respira. Guarda
silencio por un instante y pronuncia con fe:
“Magna Presencia “YO SOY”, te
reconozco, te amo y te agradezco por vivir en mí. Gracias por tu sabiduría, tu
amor y tu protección. Gracias por todo lo bueno que ya florece en mi vida y por
aquello que, aunque mis ojos todavía no puedan contemplarlo, viene hacia mí en
perfecto orden y armonía. Suelto y libero las creaciones limitadoras que me
hicieron sentir pequeño e incapaz. Acepto la verdad de mi ser y permito que tu
guía ilumine cada pensamiento, cada palabra y cada acción.”
Que esta declaración no sea únicamente
un sonido que nace de los labios, sino una elección profunda del corazón. Que
se convierta en una manera de mirar, de sentir y de caminar. Vivir con mayor
conciencia. Hablar desde el amor. Actuar con responsabilidad. Reconocer la
divinidad que respira en ti y que también resplandece, de manera misteriosa y
sagrada, en cada ser.
Cada vez que regreses al “YO SOY”,
volverás a tu verdadero centro: ese santuario interior donde la gratitud se
abre como una flor, la confianza se vuelve quietud y la paz revela un sendero
nuevo ante tus pasos.
YO SOY luz.
YO SOY amor.
YO SOY vida.
YO SOY la presencia divina actuando en
mí.
YO SOY y sirvo eternamente a la luz.
Que Dios ilumine tus pasos con una claridad serena, fortalezca tu corazón en las horas difíciles y eleve tu conciencia hacia la verdad. Que su guía te acompañe en cada amanecer, te sostenga en cada prueba y te recuerde, en el silencio más profundo de tu ser, que siempre existe un camino de regreso a la paz interior.
La fuerza que te creó también te
sostiene.
Aun cuando atravieses noches de
duda, cansancio o temor, ninguna dificultad podrá extinguir por completo la
esperanza que permanece encendida en tu interior. Tal vez algunas veces su
llama parezca pequeña, casi invisible, pero seguirá allí, aguardando el
instante en que vuelvas a mirarla.
Respira
profundamente. Agradece.
Vuelve a tu centro:
Y permite que la voz eterna del “YO
SOY” se eleve dentro de ti, más luminosa que cualquier sombra, más firme que
cualquier dificultad y más profunda que todo miedo:
“Yo soy hijo de la luz.
Yo soy sostenido por el amor divino.
Yo soy guiado por la sabiduría de
Dios.
Yo soy gratitud, fe y presencia.
Yo Yo soy una
expresión viva del amor eterno.”
Ahora camina desde esta verdad.
Que cada paso sea una oración
silenciosa.
Que cada palabra
sea una bendición ofrecida al mundo.
Que cada latido te recuerde que
Dios obra en ti, a través de ti y alrededor de ti.
Y cuando llegue la hora de cerrar los
ojos, descansa con la certeza de que no estás perdido ni solo. Aunque todavía
no comprendas el camino, la sabiduría divina puede conducirte por senderos que
tu mente aún no alcanza a ver.
Lleva esta conciencia contigo como una
llama protegida entre las manos. Permite que transforme tus heridas en
sabiduría, tus temores en confianza y tus días en una expresión cada vez más
consciente del amor divino.
Y si alguna vez olvidas quién
eres, detente. Respira. Escucha el silencio que vive detrás de tus pensamientos
y vuelve a reconocer la verdad que permanece intacta en lo más profundo de tu
ser:
Tú eres luz.
Tú eres amado.
Tú eres guiado y sostenido por Dios.
La luz de Dios vive en ti
y nunca falla.
Por: Urania Morales Franky
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