Hay momentos en nuestro camino interior en los que comprendemos que la verdadera riqueza comienza mucho antes de manifestarse en nuestras manos. Comienza en nuestro corazón, en nuestra manera de pensar, en aquello que creemos merecer, en nuestra capacidad de agradecer y en la confianza con la que abrimos nuestro ser para recibir la abundancia de la vida. Por eso hoy quiero detenerme, respirar y sentir dentro de mí esta afirmación: “Yo soy Dios en acción y el corazón de Dios latiendo en mi riqueza ahora manifestada en mi vida y mi mundo.”
Al
pronunciar estas palabras, no estoy hablando solamente de riqueza material.
Estoy reconociendo una riqueza mucho más profunda: la riqueza de estar viva, de
poder amar, de aprender, de crear, de compartir, de servir, de recibir, de
disfrutar, de crecer y de descubrir cada día nuevas posibilidades. La vida es
abundante cuando aprendemos a mirar con ojos conscientes y dejamos de vivir
desde aquello que creemos que nos falta para comenzar a reconocer todo aquello
que ya está presente.
Muchas veces nuestra
mirada se acostumbra a buscar lo que todavía no tenemos. Pensamos que seremos
felices cuando llegue aquello que esperamos, cuando tengamos más, cuando una
situación cambie o cuando finalmente alcancemos determinada meta. Sin darnos cuenta,
podemos pasar por alto la riqueza que ya está respirando con nosotros en este
instante. Está en una conversación sincera, en una mañana tranquila, en una
persona que nos ama, en nuestro cuerpo que nos sostiene, en una oportunidad que
aparece, en una idea que nace, en la capacidad de comenzar nuevamente. La
riqueza también está en poder abrir los ojos cada día y tener una nueva
oportunidad de crear nuestra vida con mayor conciencia.
Cuando
digo “Yo soy Dios en acción”, recuerdo que no estoy separada de la fuente de
amor, inteligencia y vida que sostiene mi existencia. Hay dentro de mí una
capacidad creadora que se expresa en cada pensamiento consciente, en cada
decisión, en cada palabra y en cada acción. Soy un canal a través del cual
puedo permitir que el amor, la sabiduría, la creatividad y la abundancia se
expresen en mi vida. No necesito perseguir desesperadamente aquello que deseo.
Puedo aprender a confiar, a prepararme, a actuar con conciencia y a permitir
que la vida también haga su parte.
La
riqueza comienza entonces con una nueva manera de relacionarnos con nosotros
mismos. ¿Cómo me hablo cuando algo no sale como esperaba? ¿Creo que merezco
recibir cosas buenas? ¿Puedo agradecer sin sentir que debo tener más para estar
en paz? ¿Puedo reconocer mis capacidades? ¿Puedo recibir con amor sin sentir
culpa? ¿Puedo compartir desde la abundancia de mi corazón? Estas preguntas nos
llevan hacia un lugar profundo, porque muchas veces aquello que bloquea nuestra
experiencia de abundancia no está afuera, sino en las ideas que hemos aprendido
a sostener dentro de nosotros.
Mirarnos
desde el amor también es permitirnos reconocer nuestro valor. No tenemos que
demostrar nuestra importancia acumulando cosas, obteniendo aprobación o
comparándonos con los demás. Nuestro valor no comienza cuando alcanzamos algo.
Nuestro valor ya existe. Somos seres únicos, capaces de crear, aprender, amar y
transformar. Cuando reconocemos esta verdad, dejamos de vivir tratando de
probar que somos suficientes y comenzamos a actuar desde la certeza de que ya
somos valiosos.
Entonces
la riqueza adquiere un significado diferente. Ya no es solamente tener más,
sino vivir más plenamente. Es tener un corazón capaz de agradecer. Es tener una
mente abierta a nuevas posibilidades. Es tener manos dispuestas a servir. Es
poder recibir sin miedo y compartir sin sentir que al dar nos quedamos vacíos.
Es comprender que la abundancia no pierde su naturaleza cuando se comparte;
muchas veces, al compartirla con amor, descubrimos que se expande.
Cada
día podemos observar cómo estamos participando en nuestra propia experiencia de
riqueza. Podemos preguntarnos: ¿Estoy actuando desde la confianza o desde el
miedo? ¿Estoy reconociendo las oportunidades que la vida me presenta? ¿Estoy
cuidando aquello que ya recibí? ¿Estoy agradeciendo? ¿Estoy utilizando mis
talentos? ¿Estoy permitiendo que mi creatividad se exprese? ¿Estoy dando valor
a mi trabajo, a mi tiempo, a mis relaciones y a mi propia presencia? Estas
preguntas no son para juzgarnos. Son para despertarnos.
Porque
ser conscientes también significa aprender a valorar lo que tenemos mientras
seguimos caminando hacia aquello que deseamos. Podemos tener sueños grandes y,
al mismo tiempo, sentir gratitud por el presente. Podemos querer crecer y no
despreciar lo que ya hemos construido. Podemos abrirnos a recibir más sin
pensar que lo que hoy tenemos es insuficiente.
La
abundancia también requiere paciencia. Hay semillas que necesitan permanecer un
tiempo bajo la tierra antes de mostrarse. Y nuestra vida también tiene procesos
que no podemos apresurar. Por eso puedo confiar en mi camino sin abandonar mis
acciones. Puedo creer y actuar. Puedo agradecer y continuar creciendo. Puedo
abrirme a recibir y, al mismo tiempo, hacer mi parte con amor, disciplina y
conciencia.
Hoy
puedo mirar mi vida y reconocer las riquezas que ya existen en ella. Puedo
agradecer por lo que soy, por lo que tengo, por lo que he aprendido y también
por todo aquello que todavía está por llegar. Puedo dejar de mirar mi camino
desde la comparación y comenzar a honrar mi propio proceso. Lo que llega a la
vida de otra persona no disminuye lo que puede llegar a la mía. La luz de otro
ser no apaga mi propia luz.
Cada
uno tiene un camino, un tiempo y una manera única de expresar la abundancia.
Por eso hoy elijo abrir mi corazón. Elijo recibir con gratitud. Elijo actuar
con confianza. Elijo cuidar lo que llega a mis manos. Elijo compartir desde el
amor. Elijo reconocer mis capacidades. Elijo permitir que mi creatividad se
manifieste. Elijo dejar atrás pensamientos de carencia que ya no necesito
llevar conmigo. Y, sobre todo, elijo recordar que la verdadera riqueza comienza
dentro de mí.
Yo soy
Dios en acción. Yo soy el corazón de Dios latiendo en mi riqueza. Y esa riqueza
puede manifestarse en mi vida de muchas maneras: en mis relaciones, en mis
proyectos, en mi trabajo, en mis ideas, en mis oportunidades, en mi capacidad
de servir, en mi paz, en mi alegría y también en los recursos materiales que
llegan a mí para ser utilizados con conciencia y amor.
Hoy
permito que la abundancia encuentre un lugar en mi vida. No desde la ansiedad
de tener, sino desde la confianza de recibir. No desde la comparación, sino
desde la gratitud. No desde el miedo a perder, sino desde la certeza de que la
vida es movimiento, aprendizaje y expansión. Hoy reconozco que soy parte de esa
corriente de vida. Y mientras mi corazón late, puedo crear, puedo amar, puedo
servir, puedo recibir y puedo compartir.
Yo soy
Dios en acción y el corazón de Dios latiendo en mi riqueza, ahora manifestada
en mi vida y mi mundo. Y hoy elijo vivir esta verdad con los pies en la tierra,
el corazón abierto y la conciencia despierta, agradeciendo cada pequeña señal
de abundancia y permitiendo que aquello que nace desde el amor encuentre su
camino hacia mi vida.
Porque
cuando despierto a la riqueza que ya vive dentro de mí, comienzo también a
reconocer la riqueza que la vida ha estado colocando, silenciosamente, a mi
alrededor. La abundancia comienza en mi conciencia. La gratitud abre mi
corazón. El amor guía mis acciones. Y mi vida se convierte en una expresión
viva de esa riqueza. Yo soy Dios en acción. Yo soy el corazón de Dios latiendo
en mi riqueza. Y hoy permito que esa riqueza se manifieste con amor,
conciencia, armonía y luz.
Despertar interior:
reflexiones para una vida más consciente
Por Urania Morales Franky

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